Las mujeres que hicieron de la cerveza un oficio

En 1275, una mujer llamada Gillian, esposa de Richard Pykard, recibió la visita de los catadores de ale de Wakefield, en Yorkshire. Habían llegado para inspeccionar su producción: querían saber si la bebida cumplía con las normas y si ella respetaba las condiciones bajo las que podía venderla.

Gillian no pareció impresionada.

Según el registro conservado, respondió que vendería su ale aunque fuera contra las reglas. Dijo que no le importaban las órdenes de los alguaciles. Ni siquiera las del conde.

No sabemos qué aspecto tenía Gillian ni cuánto ale produjo aquel año. Pero su frase sobrevivió más de siete siglos porque hacer cerveza no era una actividad invisible dentro de su casa. Era un oficio vigilado, tasado y, a veces, discutido frente a las autoridades.

En la Inglaterra medieval, las mujeres que elaboraban y vendían ale eran conocidas como alewives, brewsters o cerveceras. Durante buena parte de la Baja Edad Media, muchas de ellas prepararon una de las bebidas más importantes de la vida cotidiana. No eran una rareza pintoresca ni una versión antigua de la empresaria moderna. Eran trabajadoras: compraban grano, convertían ingredientes en bebida, atendían clientes, respondían ante inspectores y encontraban maneras de sumar ingresos a la economía de sus hogares.

Hoy, internet suele contarlas de otra forma. Las alewives aparecen en videos y publicaciones como las supuestas “brujas originales”: mujeres con sombreros puntiagudos, calderos, gatos y escobas que habrían sido perseguidas por hombres deseosos de controlar la cerveza. La historia es seductora. También es mucho menos firme de lo que parece.

La historia real no necesita esa leyenda para ser extraordinaria.

Una bebida hecha cerca de casa

El ale era una bebida fermentada elaborada principalmente con grano, agua y levadura. A diferencia de la cerveza moderna, por lo general no llevaba lúpulo. Eso hacía que se conservara menos tiempo y favorecía una producción local: se elaboraba, se vendía y se consumía cerca del lugar donde se hacía.

En torno a 1300, mujeres inglesas elaboraban y vendían buena parte del ale que se bebía en el país. La historiadora Judith M. Bennett, cuya investigación sigue siendo una referencia central sobre el tema, reconstruyó cómo esta actividad podía coexistir con las tareas del hogar, pero también convertirse en una fuente concreta de ingreso.

No todas las mujeres que hacían ale eran comerciantes permanentes. Algunas producían para su familia y vendían el excedente de manera ocasional; otras convertían esa venta en una actividad habitual. En pueblos y ciudades, la escala variaba. Hacia 1300, se estima que podía haber entre una docena y dos decenas de productoras en muchos pueblos ingleses, y alrededor de un centenar en las ciudades más grandes.

La imagen que surge no es la de una industria organizada como la actual. Es más cercana a una red de pequeñas producciones: cocinas, patios y espacios domésticos donde el trabajo de alimentar a una familia podía cruzarse con el de generar efectivo.

Eso importaba. En una economía donde las oportunidades de empleo remunerado para las mujeres eran limitadas y cambiantes, vender ale permitía participar en el mercado sin abandonar necesariamente el hogar. No garantizaba independencia económica ni riqueza. Pero sí podía dar margen: para pagar deudas, comprar alimentos, sostener una viudez o complementar los ingresos de una familia.

El oficio que dejó rastros

La razón por la que hoy sabemos tanto de ellas tiene una ironía particular: las autoridades querían controlar su negocio.

Desde el siglo XIII, en Inglaterra funcionaron normas conocidas como el Assize of Bread and Ale, destinadas a vigilar peso, calidad y precio del pan y del ale. La regulación buscaba que la bebida no se vendiera demasiado cara ni fuera de mala calidad. También era una fuente de ingresos para las autoridades locales mediante multas y licencias.

Los registros judiciales y señoriales anotaban a quienes incumplían. Muchas de esas personas eran mujeres.

Esos documentos no ofrecen una versión amable de las alewives. Las presentan por vender con medidas incorrectas, por producir una bebida demasiado débil, por cobrar más de lo permitido o por continuar vendiendo sin autorización. Pero, leídos de otra forma, revelan algo importante: estas mujeres estaban presentes en la vida económica pública.

Gillian no fue la única en discutir con quienes supervisaban la producción. En Exeter, un grupo de cerveceras llegó a organizarse para protestar contra restricciones que consideraban excesivas.

No es una escena de emancipación moderna. No hace falta convertirla en una para reconocer lo que muestra: mujeres medievales que sabían que su trabajo tenía valor, que entendían las reglas que las afectaban y que podían resistirse cuando esas reglas amenazaban su sustento.

Cuando el ale dejó de ser suficiente

Entre 1300 y 1600, el oficio cambió de manos de manera gradual. Hacia 1600, la elaboración comercial de cerveza en Londres estaba dominada mayoritariamente por hombres, y algo similar había ocurrido en muchas localidades inglesas.

No hay una causa única que explique ese cambio. Tampoco ocurrió igual en todas partes.

La Peste Negra de mediados del siglo XIV alteró la economía, los salarios y la disponibilidad de trabajo. Al mismo tiempo, la producción se fue volviendo más comercial y requirió mayores redes de crédito, acceso a propiedad, contactos y capital. La expansión de la cerveza con lúpulo también cambió las condiciones del negocio: al conservarse durante más tiempo, podía producirse en lotes mayores y venderse a mayor distancia.

Los gremios, las licencias y la creciente organización de la producción no excluyeron a todas las mujeres de forma inmediata. Algunas siguieron trabajando con sus maridos, heredaron negocios o participaron en el comercio. Pero la actividad que antes podía tener una presencia femenina amplia se transformó en un sector más profesionalizado y masculinizado.

Esa transición es más interesante que una historia de expulsión repentina. Muestra cómo un trabajo puede cambiar de prestigio cuando cambia de escala. Mientras el ale se elaboraba cerca de casa y en pequeñas cantidades, muchas mujeres podían entrar al mercado. Cuando la producción comenzó a exigir infraestructura, crédito y pertenencia a instituciones dominadas por hombres, muchas perdieron terreno.

Lo que quedó escrito

Gillian Pykard probablemente nunca imaginó que una discusión con los catadores de ale de Wakefield haría que su nombre llegara hasta nosotros más de siete siglos después.

Como ella, muchas alewives aparecen en los registros no porque alguien quisiera conservar su historia, sino porque fueron multadas, inspeccionadas, denunciadas o discutieron las reglas bajo las que podían vender.

Y quizá ahí está lo más interesante de esta historia.

Durante siglos, muchas mujeres hicieron algo aparentemente cotidiano: compraron grano, prepararon ale, lo vendieron y con ese dinero contribuyeron a sostener sus hogares. No inventaron la cerveza. No formaron un gremio secreto de brujas. Y tampoco desaparecieron de un día para otro.

Lo que cambió fue el oficio.

A medida que producir cerveza exigió más capital, infraestructura, crédito y acceso a instituciones comerciales, el espacio que muchas mujeres habían ocupado comenzó a reducirse. La cerveza creció como negocio y quienes podían participar de ese negocio cambiaron con ella.

Las alewives no necesitan sombreros puntiagudos ni calderos convertidos en símbolos para que su historia resulte fascinante.

Basta mirar los registros.

Porque entre multas, licencias y pequeñas disputas quedó guardada la memoria de mujeres como Gillian: mujeres que trabajaron, comerciaron y negociaron mucho antes de que alguien pensara que sus vidas merecían ser contadas.



Fuentes

  • Judith M. Bennett, Ale, Beer, and Brewsters in England: Women’s Work in a Changing World, 1300–1600, Oxford University Press. Investigación académica fundamental sobre el papel de las mujeres en la producción y venta de ale, y la transición hacia un sector dominado por hombres.academic.oup+1

  • Judith M. Bennett, “Gender Rules: Women and the Regulation of Brewing”, Oxford Academic. Analiza los registros de regulación del ale, incluido el caso de Gillian Pykard y la protesta de las cerveceras de Exeter.academic.oup 

  • JSTOR Daily, “A Pint for the Alewives”. Síntesis divulgativa basada en la investigación de Bennett sobre escalas de producción, regulación y presencia de mujeres en la venta de ale.daily.jstor

  • University of Oregon, Beer Research Guide: “Women”. Reúne referencias académicas y documentales sobre mujeres, gremios, propiedad y trabajo cervecero en la Inglaterra medieval y moderna temprana.guides.library.oregonstate

  • Oxford University Press, ficha académica de Ale, Beer, and Brewsters in England. Resume el cambio documentado entre 1300, cuando muchas mujeres elaboraban y vendían ale, y 1600, cuando la actividad comercial estaba mayoritariamente dominada por hombres.

Fuentes de imagenes:

https://www.ancient-origins.net/history-ancient-traditions/bubbling-brews-broomsticks-021539
https://www.alltheswirl.com/blog/5ayax6j7b7nje35lr4lk48fj3cwlz3
https://bc.thegrowler.ca/features/the-herstory-of-beer/
https://www.uhi.ac.uk/en/research-enterprise/cultural/centre-for-history/history-events/past-talks-and-recordings/a-brewing-storm-alewives-in-sixteenth-century-inverness/

 
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