Dinero y género: cómo el cuidado y el empleo cambian crédito, ahorro y pensiones

Una pausa laboral puede durar meses. Sus efectos financieros pueden durar décadas.

Dejar temporalmente un empleo para cuidar a un hijo, atender a un familiar o atravesar una enfermedad puede cambiar una trayectoria. También pueden hacerlo los años de trabajo informal, los contratos intermitentes, emprender con ingresos irregulares o simplemente no aportar de forma continua.

Y esas pausas no desaparecen necesariamente cuando una persona vuelve a trabajar o mejora sus ingresos. Pueden permanecer en el ahorro que no acumuló, los años en los que no aportó para su jubilación o la historia financiera que un banco utilizará después para calcular su riesgo.

Durante buena parte del siglo XX, algunas de estas diferencias eran incluso explícitas.

En Estados Unidos, antes de que existieran protecciones federales contra la discriminación crediticia, ciertas prácticas trataban a las mujeres casadas como dependientes financieras. Podían exigirles la firma del esposo o evaluar sus ingresos de forma desfavorable. En 1974, la Equal Credit Opportunity Act prohibió que los acreedores discriminaran, entre otros motivos, por sexo o estado civil.justice 

La ley corrigió una forma abierta de discriminación: una mujer no debía necesitar que un hombre validara su capacidad de pagar.

Pero queda una pregunta menos visible, vigente en muchas partes del mundo: ¿qué ocurre cuando un sistema financiero no pregunta si eres mujer, pero usa para tomar decisiones señales que no todas las personas tienen la misma posibilidad de construir?

Ingresos continuos. Empleo formal. Aportes previsionales durante décadas. Propiedad. Historial de crédito. Tiempo para ahorrar. Patrimonio que crece de manera constante.

No son requisitos escritos en un solo documento ni describen todos los productos financieros. Son, más bien, la historia económica que muchos sistemas aprendieron a reconocer como una señal de estabilidad.

El problema es que esa historia no se parece por igual a la vida de todas las personas.

Una trayectoria convertida en puntuación

Cuando un banco decide si presta dinero, no solo mira cuánto ganas hoy. También trata de reconstruir una versión de tu pasado: si tus ingresos han sido estables, si has pagado otras deudas, si tienes bienes, si tu empleo parece seguro, si existe una huella financiera que permita calcular el riesgo.

Para una hipoteca, una tarjeta o un préstamo, esos datos pueden parecer razonables. Prestar dinero implica evaluar la posibilidad de recuperarlo.

Pero una regla aparentemente neutral puede tener efectos distintos cuando mide trayectorias que tampoco fueron neutrales.

En América Latina y el Caribe, las mujeres dedican entre dos y tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. La diferencia cambia entre países, pero los estudios regionales muestran que puede representar entre 6,3 y 29,5 horas adicionales por semana. 

Ese trabajo sostiene hogares, infancias, personas mayores y personas enfermas. Pero rara vez crea salario, aportes de jubilación o historial crediticio.

La diferencia no significa que toda mujer deje de trabajar por cuidar ni que todo hombre tenga una carrera continua. Significa que la distribución del tiempo sigue siendo desigual. Y esa desigualdad puede entrar al sistema financiero sin que nadie necesite escribir la palabra “mujer” en una solicitud.

Una pausa laboral puede reducir ingresos hoy. También puede reducir el monto que una persona ahorra, los años en que cotiza para una pensión y el margen que tendrá para pagar una deuda o acceder a una hipoteca mañana.

Tener una cuenta no es tener opciones

Durante años, hablar de inclusión financiera significó contar cuántas personas tenían una cuenta bancaria. Ese dato importa, pero no cuenta toda la historia.

Una cuenta permite recibir dinero, guardar algo de ahorro y hacer pagos. No garantiza acceso a crédito formal, capacidad de invertir o protección suficiente ante una emergencia.

A escala global, la brecha entre mujeres y hombres en la tenencia de cuentas se redujo hasta 4 puntos porcentuales en 2021. Es una mejora real. Sin embargo, el acceso básico no dice por sí solo qué herramientas financieras puede usar una persona ni en qué condiciones.worldbank 

En América Latina y el Caribe, el análisis de género del Global Findex 2021 muestra una diferencia importante entre estar dentro del sistema y poder usarlo para construir seguridad. Entre las personas que ya tenían una cuenta, las mujeres eran menos propensas que los hombres a ahorrar formalmente y a solicitar crédito formal.

La explicación no puede reducirse a una sola causa. Pueden influir el nivel de ingreso, la informalidad laboral, la propiedad de activos, las normas familiares, la oferta de productos financieros, la distancia a una sucursal, la confianza en el sistema o la discriminación directa.

Lo importante es distinguir acceso de posibilidad.

Una persona puede estar dentro del sistema bancario y, aun así, permanecer fuera de las decisiones que permiten construir patrimonio.

La jubilación premia una vida sin interrupciones

Las pensiones muestran con claridad cómo una trayectoria laboral se transforma en una consecuencia futura.

Muchos sistemas de retiro, públicos o privados, dependen de aportes realizados durante años de empleo remunerado. La lógica parece sencilla: quien aporta más tiempo y más dinero, recibe más protección al jubilarse.

El problema aparece cuando el empleo remunerado no es continuo.

En América Latina y el Caribe, la informalidad añade una dificultad enorme. Trabajar no siempre significa aportar para la jubilación. La informalidad sigue siendo una característica predominante del mercado laboral regional: en 2024 alcanzó al 47,6% de las personas ocupadas, y afecta de manera desproporcionada a mujeres y personas jóvenes.

Una vendedora independiente, una trabajadora doméstica sin contrato, una cuidadora familiar o una emprendedora con ingresos irregulares puede pasar años generando valor económico sin acumular derechos previsionales al mismo ritmo que una persona con empleo formal estable.

En los países de la OCDE, donde los sistemas de pensiones son muy distintos entre sí, la brecha de pensiones entre mujeres y hombres sigue siendo una preocupación documentada. La organización la relaciona con diferencias acumuladas durante la vida laboral: salarios, tiempo de empleo, jornadas parciales, responsabilidades de cuidado y acceso a planes de retiro.

No se trata de que las mujeres no sepan ahorrar. Ahorrar depende, primero, de que exista dinero disponible después de cubrir la vida cotidiana. También depende de que el sistema reconozca como una carrera aquello que, para muchas personas, ha sido una combinación de empleo, cuidado, informalidad y pausas.

Vivir más cambia la ecuación

Hay una última variable que vuelve estas diferencias más difíciles de resolver: el tiempo.

En casi todos los países, las mujeres viven más que los hombres, aunque la distancia cambia según el territorio y el momento histórico. Una vida más larga debería ser una buena noticia. Pero tiene implicaciones financieras cuando se combina con pensiones menores, menos patrimonio acumulado y una mayor probabilidad de vivir sola en edades avanzadas.

En América Latina y el Caribe, los datos de CEPAL muestran además una realidad preocupante: en 2023, el 43,4% de las personas de 65 años o más no recibía una pensión o recibía una inferior a la línea de pobreza. Esa proporción era mayor entre las mujeres en todos los quintiles de ingreso.

El desafío, entonces, no consiste solo en llegar a la jubilación. También consiste en sostenerla durante más años, con ingresos que alcancen para vivir y con sistemas de cuidado disponibles cuando la autonomía disminuye.

La desigualdad no aparece al final de la vida de repente. Llega allí después de décadas.

Cuando el algoritmo mira hacia atrás

Los modelos automatizados de crédito prometen rapidez y objetividad. Pueden procesar miles de datos, encontrar patrones y tomar decisiones sin que una persona vea el nombre de quien solicita un préstamo.

Pero un algoritmo no empieza desde cero. Aprende de información producida por economías reales.

Esa pregunta importa también en América Latina y el Caribe: ¿qué ocurre cuando un sistema aprende de datos generados en economías con empleo informal, ingresos inestables, acceso desigual al crédito y patrimonio distribuido de manera desigual?

Los modelos pueden analizar estabilidad de domicilio, ingresos, tipo de empleo, pagos anteriores, movimientos bancarios o datos alternativos. Ninguna de estas variables es injusta por definición. Algunas incluso podrían ampliar el acceso al crédito de personas con poco historial tradicional.

Pero también pueden funcionar como sustitutos indirectos de desigualdades existentes. Las autoridades estadounidenses han advertido que los datos alternativos y los modelos complejos pueden producir riesgos de impacto desigual cuando variables aparentemente neutrales se relacionan estrechamente con características protegidas, como el sexo, la raza o el origen nacional.consumerfinancialserviceslawmonitor 

Eso no significa que todo algoritmo discrimine ni que toda diferencia en resultados pruebe una ilegalidad.

Significa que la neutralidad no puede asumirse porque una decisión esté automatizada.

Hay que medirla.

El sistema y la vida real

No existe una sola mujer financiera. 

Hay mujeres con empleos estables, patrimonio, crédito excelente y capacidad de inversión. También hay hombres con carreras interrumpidas, trabajo informal o responsabilidades de cuidado que enfrentan problemas similares.

Además, el género nunca actúa solo. Raza, territorio, discapacidad, migración, edad, clase social y tipo de empleo cambian por completo la relación de una persona con bancos, seguros, pensiones y deuda.

Por eso, la pregunta no es si las mujeres administran el dinero de manera distinta por naturaleza. Tampoco si cada producto financiero fue creado para excluirlas.

La pregunta es qué ocurre cuando una institución define a un “buen cliente” a partir de empleo estable, ingresos continuos, propiedad y una historia financiera sin pausas.

Esas señales pueden ayudar a calcular riesgo. Pero también cuentan una historia: quién pudo trabajar sin interrupciones, quién tuvo tiempo para acumular patrimonio, quién cotizó durante décadas y quién tuvo que detenerse para cuidar.

El sistema financiero puede olvidar por qué ocurrió una pausa.

El dinero, en cambio, puede recordarla durante décadas.

Fuentes para el artículo

  • Banco Mundial, Global Findex 2021: respalda los datos globales de tenencia de cuentas, la brecha de acceso a dinero de emergencia y las diferencias de uso de ahorro y crédito formal en América Latina y el Caribe.worldbank 

  • OIT, informe sobre cuidados en América Latina y el Caribe: respalda la relación entre trabajo de cuidados no remunerado, participación laboral y desigualdades acumuladas.ilo

  • PNUD América Latina y el Caribe: respalda la referencia regional de que las mujeres dedican entre dos y cuatro veces más tiempo al trabajo no remunerado que los hombres, con variaciones por país.undp

  • OIT, panorama laboral regional: respalda la tasa de informalidad de 47,6% en 2024 y el impacto particular sobre mujeres y personas jóvenes.ilo

  • CEPAL, datos sobre envejecimiento y pensiones: respalda el dato regional de insuficiencia de ingresos previsionales en la población de 65 años o más y su mayor incidencia entre mujeres.cepal

  • OCDE, estudios sobre ahorro para retiro y brecha de pensiones: explica cómo cuidado, jornadas parciales, salarios y discontinuidad laboral se acumulan en pensiones más bajas.oecd 

  • Departamento de Justicia y FTC de Estados Unidos: respaldan el alcance de la Equal Credit Opportunity Act y la prohibición de discriminar en crédito por sexo o estado civil.justice 

  • Referencias sobre datos alternativos y modelos de crédito: sirven para contextualizar el riesgo de que variables aparentemente neutrales reproduzcan desigualdades preexistentes.

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