Durante décadas estudiamos el cerebro.  Pero no el de las mujeres. 

Durante décadas creímos que entendíamos cómo funciona el cerebro humano.

Pero había un detalle. La mayoría de los estudios que dieron origen a ese conocimiento se hicieron casi exclusivamente con hombres.

No porque alguien afirmara que el cerebro femenino no importaba. Sino porque se asumía que estudiar hombres era suficiente para representar a toda la humanidad.

Y esa decisión terminó influyendo en la forma en que entendimos el dolor, el estrés, la ansiedad e incluso los medicamentos.

El estudio que dejó fuera a la mitad de la población

Durante décadas, los grandes estudios de neurociencia se hicieron principalmente con participantes masculinos. Las razones parecían prácticas: los ciclos hormonales femeninos 'complicaban' los datos, el cuerpo masculino era considerado más 'estable', y la logística de incluir mujeres añadía variables que los investigadores preferían evitar.

El resultado fue un cuerpo de conocimiento enorme, sobre cómo funciona el cerebro, cómo responde al estrés, cómo procesa el dolor, cómo reacciona a los medicamentos, basado casi exclusivamente en cerebros masculinos y durante años, ese conocimiento se aplicó por igual a todos.

Cuando la ciencia empezó a hacer preguntas diferentes

A partir de los años 90, algo empezó a cambiar. Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos exigieron en 1993 que los ensayos clínicos incluyeran mujeres como participantes. No fue una decisión filosófica. Fue una respuesta a evidencia creciente de que los resultados diferían.

Lo que surgió en las décadas siguientes fue revelador. El cerebro femenino procesa el dolor de forma diferente al masculino , lo que explica por qué ciertas condiciones de dolor crónico son significativamente más frecuentes en mujeres y durante años fueron mal diagnosticadas o subdiagnosticadas. El estrés activa patrones cerebrales distintos en hombres y mujeres, con implicaciones directas para el diagnóstico y tratamiento de la ansiedad y la depresión. Incluso la respuesta a ciertos medicamentos difiere , algunos sedantes, por ejemplo, se metabolizan más lentamente en mujeres, algo que la industria farmacéutica tardó décadas en reconocer formalmente.

Lo que seguimos descubriendo

En 2024, un estudio publicado en la revista PNAS utilizó inteligencia artificial para analizar miles de resonancias magnéticas y confirmó algo que la comunidad científica llevaba años debatiendo: existen diferencias funcionales objetivas y consistentes entre los cerebros masculino y femenino, especialmente en redes relacionadas con el procesamiento de información y la respuesta emocional.

Lo que esto significa en la práctica

No se trata de decir que un cerebro es mejor que otro. Se trata de algo mucho más concreto: durante décadas, millones de mujeres recibieron diagnósticos, medicamentos y protocolos de tratamiento diseñados para un cerebro que no era el suyo.

Y muchas de esas consecuencias siguen sin corregirse del todo.

Lo interesante de este momento es que la neurociencia está en medio de una revisión profunda de sus propios supuestos. Las preguntas que antes no se formulaban, ¿funciona igual este fármaco en una mujer que en un hombre? ¿Es este síntoma de estrés o de un proceso neurológico diferente?, ahora se están formulando. Y las respuestas están cambiando la forma en que la medicina entiende el cerebro humano.

No se trata de decir que un cerebro es mejor. Se trata de algo más concreto: durante décadas, los protocolos médicos se diseñaron para un cerebro que no era el de la mitad de la población.

Lo que me queda de esta historia

La pregunta que queda abierta no es de género. Es de rigor científico. Si la muestra no incluye a toda la población, los resultados no aplican a toda la población. Eso parece obvio y sin embargo tardamos décadas en actuar sobre ello.



Escrito por Patricia Caguana